jueves, 30 de abril de 2015

La sombra del actor





Cuando la realidad supera a la ficción


A veces ocurre con las leyendas vivas que olvidamos que siguen entre nosotros. Me sucedió hace poco cuando vi el surrealista spot de Atresmedia en el que se anuncia el encuentro en el que participa Gorbachov: ¿pero este hombre sigue vivo? me pregunté, extrañada, y lo mismo me ha pasado con Al Pacino al enterarme de que iba a estrenar una nueva película: ¿pero sigue actuando? A pesar de ser admiradora suya, la verdad es que le había perdido completamente la pista. Por ello, consulté el buscador de Filmaffinity para ponerme al día y fue entonces cuando empecé a entender los motivos de su misteriosa desaparición: si repasamos su filmografía durante estos últimos años, hallamos poco más que un par de participaciones puntuales en comedias románticas como Una relación peligrosa (2003) y Jack y su gemela (2011) y numerosos intentos de volver a meterse en la piel de un tipo duro a través de papeles en películas de títulos tan altisonantes como mediocres: Apostando al límite (2005), Asesinato justo (2008), Tipos legales (2012)... Es por esto que pocos son los trabajos en los que ha colaborado Al Pacino en estos últimos años dignos de mención, exceptuando Descubriendo a John Cazale (2009), en la que es entrevistado con motivo del homenaje al actor que encarnó a Fredo, el eslabón más débil de los Corleone, y No conoces a Jack (2010), un telefilme que busco y disfruto de inmediato, aunque no sin antes percatarme de que el director es el mismo que el de La sombra del actor: Barry Levinson.

Este hecho, unido a su bajo presupuesto (la película fue rodada a lo largo de veinte días, buena parte de ella en la casa del propio Levinson), permiten colegir que se trata de un proyecto personal, llevado a cabo por un actor que no pasa por su mejor momento con la ayuda de un director que confía en él. Y, en efecto, baste ver la película para comprobar que Al Pacino, un apasionado del teatro, se emplea a fondo en esta adaptación de The Humbling (2009), la controvertida novela de Philip Roth en la que un actor, Simon Axler, sufre un bloqueo durante una actuación y se hunde en una terrible depresión, ingresando en una clínica para después aferrarse al ¿amor? de una lesbiana que bien podría ser su hija (o su nieta) para salir a flote, tanto a nivel profesional como personal, puesto que Simon es incapaz de separar el arte de la vida, de dilucidar entre la realidad y la ficción, como el propio espectador en las escenas finales.

Así, La sombra del actor, que Enric Albero ha calificado de “la cara B humilde ese single grandilocuente que es Birdman (2014)”, nos sitúa de nuevo frente a un actor a la deriva que ha sido fagocitado por el personaje que interpreta. Pero hay que evitar caer en la simplificación: no obstante su estructura en apariencia caótica y alguna escena que se diría cortesía de Iñárritu -esa en la que Simon ruega al portero del teatro que le deje pasar, intentando convencerle de que es el actor principal, para ser más precisos- La sombra del actor goza de entidad propia, en parte gracias a un brillante uso de la ironía y la comicidad que realza el componente dramático de la obra al mismo tiempo que rebaja la gravedad de la acción cuando esta corre el riesgo de sobrecargarse, manteniendo el ritmo a raya.

Dicho esto, es preciso subrayar la minuciosidad con la que Levinson plantea la relación entre el teatro y la vida, anticipada en la escena de apertura, donde una mano de pulso inestable graba a Simon recitando el segundo acto de Cómo gustéis, de Shakespeare (“All the world’s a stage, and all the men and women merely players…”) frente al espejo. De este modo, los personajes que rodean a nuestro protagonista conforman todo un abanico de figurantes que interpretan papeles que se han autoasignado: la compañera del sanitario mental, completamente perturbada, metiéndose en la piel del que podría haber sido el Bruno de Patricia Highsmith en Extraños en un tren, Greta Gerwig decidiendo ser una mujer “plenamente heterosexual” y dando rienda suelta a su fantasía infantil con el amigo de sus padres, Dianne Wiest creyéndose Sally Jupiter en Watchmen y encasquetándole al lastimoso protagonista el papel del Comediante… En fin, todos, tan histriónicos que en ocasiones confunden al propio Simon, ansían ser los protagonistas de la obra del siglo con sus pequeños dramas personales.

Por último, es de notar la excelente actuación de Al Pacino, capaz de oscilar entre una amplia variedad de registros con el fin de (re)interpretarse a sí mismo en tanto que juguete roto de la industria del cine, como ya hizo Gloria Swanson en El crepúsculo de los dioses (1950), de Billy Wilder. De esta manera, nuestro actor provoca a través de la asunción de la derrota por parte del personaje al que da vida su resurgir fuera de la pantalla ante los ojos del espectador, que no puede sino rendirse ante un final soberbio. En efecto, el Al Pacino maduro y consciente de su decrepitud que nos muestra La sombra del actor es el Al Pacino más exuberante y lleno de vida que hemos tenido la ocasión de apreciar en años, paradójicamente. Es por este motivo, principalmente, por el que merece la pena el visionado de esta modesta película, incluso (o, precisamente, en especial) para los escépticos de Birdman, entre los que me incluyo.



Estados Unidos, 2014. T.O.: The HumblingDirector: Barry LevinsonGuión: Buck Henry, Michal Zebede (Novela: Philip Roth)Música: Marcelo Zarvos, The Affair. Fotografía: Adam JandrupReparto: Al Pacino, Greta Gerwig, Dianne Wiest, Kyra Sedgwick, Charles Grodin, Dylan BakerProductora: Millennium Films / Ambi Pictures / Hammerton Productions. Duración: 112 min. Género: Drama. Teatro.

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